domingo 28 de septiembre de 2008

Urtain

Recuerdo a Urtain en la segunda mitad de los '80, nervioso a la puerta de una discoteca de provincias. Pasábamos por allí al volver de las clases de música. Era relaciones públicas, portero, daba lo mismo. Alternativamente admirado, compadecido, ridiculizado, era lo mismo.
Unos le pedían autógrafos, otros le saludaban con mal disimulada lástima, nadie le hacía mucho caso. Nadie parecía ver un hombre sino una figura en la que proyectar su propio imaginario.


EL Centro Dramático Nacional estrena estos días "Urtain", una tragedia basada en la figura de aquel boxeador mediocre que fuera tal vez el mayor icono deportivo español de los años 70 y que acabó tirándose por la ventana de un décimo piso en el madrileño Barrio del Pilar mientras todo el país celebraba los fastos olímpicos de Barcelona '92.

Hacía años que no salía de un teatro o un cine con una impresión tan clara de haber visto una gran función. El texto es la adaptación de un guión cinematográfico que nunca llegó a producirse. Aunque podría haber estado lastrado por toda la tradición de películas de boxeo -con obras maestras como Toro salvaje o Rocco y sus hermanos- o por el épico lirismo de textos más cercanos como la magistral "Neutral corner" de Ignacio Aldecoa, no sucede tal cosa. Dejando de lado algún matiz pretencioso o algún lapso discordante con la propia sintaxis de la obra (sobre todo un momento en que un speaker escenifica inoportunamente algo así como un rap), el tono general es espléndido y sostenido.

Montado sobre el esquema de la tragedia griega, Urtain recorre la vida de su protagonista hacia atrás, desde la muerte hasta el origen, pasando inevitablemente por su decadencia, su caída profesional tras la pérdida del campeonato de Europa y otros episodios que llevan hasta su infancia en el cerrado mundo rural vasco que le vio nacer.

Los héroes de la tragedia heredada de los griegos no son los de la épica. Electra sólo es una mujer sola ante un conflicto que le sobrepasa, Edipo no es dueño de su destino. Un buen punto de partida para una mirada ética. Urtain es un hombre normal sometido a unas tensiones que no puede controlar. Aquí el tratamiento del personaje es conmovedor por su respeto, respeto al propio personaje y respeto al público. Nada de caricaturas o idealizaciones para una épica que sería descaradamente fraudulenta. Por suerte nada de ese esteticismo Everlast tan de moda en los últimos años. Además, la composición e interpretación de Roberto Álamo es impecable, tanto cuando encarna al personaje como en la conmovedora escena en que se convierte en el padre dionisiaco y saturnal dispuesto a morir por una valentonada.

La relación de una sociedad o de un público con sus iconos es uno de los temas más interesantes que sigue ofreciendo el discurso literario.
El coro de esta tragedia moderna está compuesto por varios actores que, según los momentos de la historia, dan voz al discurso mediático de la época o a diferentes personajes -reales o estereotípicos- de la sociedad de aquel tiempo. Pero aquí también huye de posibles caídas en un costumbrismo cínico y facilón: no se trata de suministrar moralinas o maniqueismos ideológicos, tampoco, afortunadamente, de una historia infantiloide de juguetes rotos, se trata, ni más ni menos, de exponer con crudeza pero sin crueldad la vida de un hombre concreto en relación con su contexto social concreto. La tragedia de la democracia griega no proponía a la fantasía fábulas de éxito o melodramas de fracaso, sólo seres humanos ante un destino que muchas veces ni ellos mismos comprendían.
Si hay conclusiones que sacar, sácalas tú mismo.

sábado 27 de septiembre de 2008

Lo suyo es puro teatro

Leo en el periódico una noticia sobre el último acto del teatro político-económico norteamericano de la crisis.

El muy republicano Secretario del Tesoro de EE.UU. se arrodilla ante la Presidente del grupo Demócrata del Congreso implorando su apoyo al plan de socialización de las pérdidas del gran capital. Para los amantes del drama decimonónico el gesto en sí puede ser muy significativo. Alegóricamente, la encarnación del liberalismo totalitario (cualquier creencia puede serlo) practica públicamente una litúrgica genuflexión ante los demócratas, esa gente que defiende los derechos civiles y no hace de la economía el alfa y omega de su teología pulsional del discurso social. Sin embargo el gesto es vacío y doblemente ridículo, porque quienes se han desmarcado de la medida no son los demócratas, sino el lado ultra del liberalismo ultra del partido republicano. Los iluminados del dogma de la deidad Mercado. ¿Acaso le imploraba que fuese ella quien tratara de convencer al lado más totalitario del republicanismo gringo de la necesidad de la intervención? Si no, entonces es que de verdad no tiene ningún sentido.
Como penúltimo acto del fin de la desastrosa era Bush, esa conversión de la alta política en rancia opereta tiene un aire mucho más cabaretero que las a menudo oxidadas moralinas de Brecht/Weill.

Predicaron durante décadas la inalterabilidad del dogma, la supremacía incontestable del sector especulativo de la economía y la infalibilidad de sus gurús. Tras la crisis de las hipotecas basura, el balance del despropósito aparece claro: los únicos que se han enriquecido durante esos años han sido precisamente los causantes del desastre.
Esto no es nuevo, suele ocurrir en cualquier dictadura, sea política, económica o de otra índole. A cambio, han arruinado a buena parte de los pequeños inversores que confiaron en sus manejos y han provocado el consiguiente efecto dominó. Su brazo político ha caído de repente en la cuenta de que, coyunturalmente, es mejor de pedir que de robar, es decir, primero es mejor de robar y cuando ya no puedes hacerlo, pues entonces de pedir.
Como aquellos yonkys marchitos de final de los 80 que cuando ya no tenían vigor para sirlar a chavalines y encañonar farmaceúticos imploraban su vasito de metadona en la narcosala, ahora los promotores políticos de ese modelo económico suplican que los contribuyentes les paguen las trampas. Joder, es por el bien público, no van a poner ellos ni siquiera un dólar de todos los millones que han amasado en cobro por arruinar a sus clientes. Primero había que reducir el estado a su mínima expresión y después era la única tabla a la que agarrarse. Qué bajón. Primero te digo que no puedes intervenir y al final te llamo a ver si te ocurre algo, mayormente seguir sirlando en mi nombre. Primero acaparamos todo el poder efectivo sin dejar resquicio a la duda y al final nuestro planteamiento pulsional sale a la superficie.

Vamos a comparar mitologías, como decía el poeta. De vuelta a Max Weber y su análisis del calvinismo como sustrato ideológico del capitalismo norteamericano. El calvinismo es un cristianismo a medida para seres superiores. Como su doctrina práctica es en esencia veterotestementaria (todo por chisascráist pero sin chisascráist), se lleva mejor con el judaísmo que con el catolicismo romano, por ejemplo, o con el Islam, que al parecer prohibe la usura. Del budismo le mola que no da muchos problemas y es pintoresco. Uno de sus rasgos más definitorios es su inalterable querencia por la pena de muerte, que muestra su apego por el viejo mecanismo de desahogo tribal del chivo expiatorio. Véase el ya clásico asunto de los juicios de Salemy compárese por ejemplo con ese oxímoron estupido de la guerra contra el terrorismo. Ante una situación imposible de aceptar y muy difícil de entender, nos abandonamos al instinto y ya de paso nos cargamos todo el derecho internacional (esa cosa que iniciaron los españoles en los tiempos de las colonias americanas) y montamos cárceles ilegales mientras abducimos a jóvenes analfabetos para que mueran invadiendo países previamente demonizados. Por ejemplo). No solucionamos nada, perdemos cualquier principio, incluso dejamos peor las cosas, pero nos relaja mucho pensar que lo hacemos por la patria, la gloria u otro principio narrativo-metafísico. Y si no estás a nuestro favor o no te crees el cuento, también eres el enemigo.

Obviamente, si quien hace esto lo hace por otros motivos o a pequeña escala, toda nuestra ira caerá sobre él y será justamente eliminado. Pero si lo hacemos nosotros no cuenta porque nosotros no somos relativistas morales y ellos sí.
(Es el mismo mecanismo pulsional que mueve a ETA y que sostuvo el franquismo, a fin de cuentas. Como soy moralmente superior, puedo matar a un madero de vacaciones o a un descarriado cualquiera. No me estoy cargando a un trabajador asalariado que pasaba por allí cuando yo necesitaba emociones fuertes y un poco de sadismo para calmar mis nervios, no, eso es lo que hacen ellos en el nombre del mal, yo estoy acribillando una alegoría, y eso es, obviamente, síntoma de un intelecto y una moralidad superiores. Sionistas, abertxulos, wasps ensoberbecidos, ensoberbecidos masterizados de imitación que babeamos ante los wasps de verdad, ...todos los seres superiores semos asín. Lo que pasa es que, en tu calidad de ser inferior, no nos entiendes.)

La moto que vende desde hace siglos esta gente calvinista predica entre otras cosas que sus planteamientos de los procesos económicos son estrictamente racionales y muy sofisticados: por eso nosotros, mortales, no podemos entenderlos. Pero en cuanto rascas debajo de sus gestos, aparece su descarada irracionalidad mesiánica y la desnuda voluntad de poder.

Como el sistema de creencias (no confundir ideas con creencias, como observó Hume) es sagrado y queda fuera de toda discusión, el último recurso no es por ejemplo un ejercicio de racionalismo crítico popperiano, sino la caridad. No podemos reconocer que nos hemos equivocado, que como el planteamiento era radicalmente equivocado no nos han salido las cuentas. Que os hemos estafado aprovechando todo el poder que nos habéis dado. Nos hemos identificado tanto con nuestros procedimientos que ni nos acordamos de los principios -si los hubo- ni nos importan ya los objetivos, obviamente inalcanzables. Pero ya no podemos volver atrás ni seguir hacia adelante.

Apaleamos mendigos, electrocutamos negratas y delincuentes de poca monta, responsabilizamos a los millones de excluídos de su situación aunque nuestras propias encuestas afirmen que la tasa de marginación -que nunca baja oficialmente del 7%- es una característica inherente al sistema económico que inflamos irresponsablemente.
Y cuando todo se va por el sumidero, recurrimos a la caridad. Harry el sucio a veces también pide perdón. Con lo razonables que éramos, resulta que ni pensamos antes ni estamos dispuestos a hacerlo ahora. Todo toma un aire irrespirablemente delirante.

Antes de que el catolicismo oficial lo redujera a mero ejercicio limosnero, caridad (charitas) era la palabra romana para designar el cuidado responsable de los que estaban cerca. El calvinismo no sabe nada de esto. Obviamente, en el aire de Wall Street flota un deseo bastante hostil. Un entrevistado dice que muchos dicen que habría que matarlos públicamente debajo del cardiograma de sus dineros, que antes fueron los de sus clientes y el símbolo de sus esperanzas arruinadas. No lo hacen con todos los demás? Menos mal que éstos no sirven para chivos expiatorios: son la flor y nata de la sociedad. Son la encarnación del intocable icono del capitalismo americano. Menos mal, si hubieran sodo las brujas de Salem, los antipatriotas del macarthismo o unos pobres desgraciados, ya habrían tenido lo suyo.

Otra cosa está clara: han fallado ellos, no lo que mecánicamente representan en su escenario de poder ni el sistema de creencias que les ha permitido practicar corralitos, invadir países, anunciar el fin de la historia, proclamar la muerte de las ideologías y, en definitiva, ostentar un poder irrestricto para someter a todas nuestras sociedades a sus dictados. No hay crisis del capitalismo especulativo transnacional. No hay crisis del modelo que impide a los poderes no estrictamente económicos intervenir (bueno, ahora ya parece que pueden hacerlo, pero sólo en caso de crack y por caridad hacia los que más acumulan, no a la manera europea sino a la del Ejército de Salvación). No hay que replantearse los límites del poder económico como en la segunda postguerra mundial se replantearon los del poder político. Por lo demás, el desarrollo sostenible y todo eso son chorradas de utopistas indocumentados. Y además el cambio climático no está pasando.
Nos quedamos mucho más tranquilos.
Mccain y la vicepresidenciable no tanto. O sí, quien sabe, lo importante no es quién la encarne, sino que nadie cuestione la red simbólica de la alegoría.

jueves 25 de septiembre de 2008

La desaparición de "La Desaparición de Majorana"

Leí por primera vez "La desaparición de Majorana" (Leonardo Sciascia) en la edición italiana de Einaudi en la primera mitad de los '90.

Ni entonces ni ahora creo en ese dogma postmoderno según el cuál el marco del discurso literario deba quedar radicalmente segregado del conjunto del discurso social y restringirse, desde la industria del ocio, a brindar pasatiempos de buen tono o bad taste. No es que esto no, pero, por qué no también lo otro?

Durante años estuve buscando ediciones en castellano de esta obra.
Nada. La última (de la editorial Juventud) tenía unas décadas y estaba agotada. Nada por aquí, nada por allá. Podías encontrar casi todas las obras de Sciascia. Pero ésta no.

Afortunadamente, la editorial Tusquets ha tenido a bien recuperarla y colgarla en las estanterías.

Es una buena noticia.

martes 23 de septiembre de 2008

Sin Palabras

Suscribo plenamente este gran artículo por su lucidez y su firmeza.

Y sí, va siendo hora de que el tal lehendakari salga del bobo y caduco discurso del laberinto y pase al de la línea recta, y ya de paso que la cruce de una vez por todas, sin cinismos calculados y ambigüedades insostenibles.
Un gesto de lealtad cívica hacia la ciudadanía.

martes 16 de septiembre de 2008

Víctima de la diversión victimista



Hoy Presentamos:

Víctima de la diversión victimista

Algunos días uno se levanta con la justa mezcla de buen humor y mala leche como para disfrutar escarbando en la basura. Lo confieso, he reincidido, he vuelto a leer el periódico. Yo no quería, pero estaba ahí doblado en el mostrador y he caído.
Esta vez era El Mundo. Los portadistas de éste y su némesis El País no son tan expresionistas como los de La Razón y Público, que estilan portadas donde sólo falta el Vampiro de Dusseldorf asomando en una esquina, pero sus redactores no se quedan por detrás en dramatismo. O incluso melodramatismo, que es aún peor.

Siempre puedes acudir a un folletín decimonónico si buscas un bodrio al menos decorosamente escrito. Si buscas algo peor tienes a Corín Tellado, Gioconda Belli o gente así. Pero si quieres algo aún peor -sin llegar a algo extremo como Paulo Coelho- te queda el lado humano de la noticia.
El lado humano de la noticia se distingue por ser el lado más estúpido de la supuesta noticia, como todo el mundo sabe, sólo apto para plañideras profesionales y lectores de Paulo Coelho. Cuánto sentimiento.

Pues bien, en esta línea el diario El Mundo nos ofrece un coleccionable con un título espectacular: "Víctimas de la inmersión lingüística". Cuánto sentimiento. Por desgracia me he perdido algunos capítulos, pero los que he podido disfrutar han colmado mis deseos de leer un poco de mierda en un formato de infraperiodismo duro.

En uno de ellos, parodiando el mejor dickensianismo y el humor negro del walseriano Jacob Von Gunten, se nos cuenta la terrible historia de unos indefensos niños aterrados en un colegio donde (véase la magnitud de la tragedia) no les dejan salir a mear al baño si lo solicitan en castellano. Ya imagino la negra mano y el fétido aliento de las siniestras cuidadoras cerniéndose sobre sus nucas mientras un susurro macabro les repite "saben aquel que diu, saben aquel que diu... Cuánto sentimiento. Me sentí mal, muy mal. Y sí, una vez más sentí ganas de invadir Polonia como un Titán de Bronce cualquiera para liberar a los niños de sus torturadores lingüísticos.



En otro capítulo, la situación era aún más paradójica y desconcertante. Como en un thriller con guiños a "Coge el dinero y corre", unos apenados padres hundidos en la desolación suspiraban: "lo único que han conseguido es que nuestro hijo odie el gallego". Cuánto sentimiento. Como se verá la cosa tiene misterio y la victimización es múltiple: el chaval porque se ha vuelto un intolerante que desprecia una lengua oficial, los padres porque ven día a día cómo se le agría el carácter al rapaz, y la lengua gallega porque los chavales, en efecto, acaban odiándola casi tanto como a las matemáticas o a Paulo Coelho. Cuánto sentimiento. Curiosamente, en este capítulo la única parte que no deviene víctima es la supuesta víctima, la lengua castellana. Odié mucho, pero tanto tanto que al final no sabía a quién odiar más.

Pero la novena entrega ha superado todas mis expectativas. El género escogido para narrar esta historia tan humanamente humana se nutre de diversos elementos de la maléfica autoayuda –que tantos tiernos cerebros adultos está destruyendo- y el psicodrama del absurdo. Vamos a ello.

Un tal Santiago Vendrell o algo así, ciudadano al que desde ya transmito mi solidaridad, se encuentra en una situación realmente dolorosa e incomprensible.
Vestido discretamente en pantalón azul y camisa de cuadros, se dirige a nosotros desde un prado. Tiene los brazos abiertos como el que pide explicaciones a un hijo tarambana que llega a deshoras y algo bolinga o como el ama de casa que una solución quiere para acabar con las manchas de las picotas. Nos mira perplejo e indefenso -cuánto sentimiento- y, en el titular, exclama: "Mis hijos me miran como a un marciano cuando hablo español". Pero él no es la única víctima de esta terrible historia, qué va, sus hijos también lo son porque "son incapaces de expresarse en castellano correctamente" y, en consecuencia, la lengua española también sale tan perjudicada en este capítulo como la gallega en el anterior. Curioso juego donde todos pierden, incluido el catalán que nuestro atribulado padre tiene sobrados motivos para odiar (aunque no lo haga merced a su proverbial magnanimidad. Cuánto sentimiento.

Ante situación tan desconcertante, sólo se nos ocurren en apoyo de Santiago algunas medidas extravagantes y otras más bien retrógradas. Entre éstas la más directa es que se arme de valor, deponga esa actitud blandengue con su prole, pegue un puñetazo encima de la mesa y les diga que si quieren hablar catalán por ahí con los amigotes es su problema, pero que en la intimidad de su casa se habla castellano y punto pelota. Dura lex sed lex. Cuando seas padre menjaràs ous, pero mientras vivas en mi casa comes huevos, por mis huevos. Una estrategia más sutil es que se les acerque por la espalda mientras ven el Barcelona-Espanyol en Eurosport y les susurre al oído "sabes aquél que dice... sabes aquél que dice..." y que, obviamente, les castigue a no ir al bany o waterclós si no son capaces de pedírselo en correcto español. Obviamente, si persevera en no deponer esa actitud dialogante a la que le lleva su extremada bonhomía –y ya que sus retoños no chamullan cabalmente-, le recomendamos un traductor castellano-catalán y viceversa para que al menos puedan entenderse por el pasillo sin recurrir a las señales de humo, no vayan a quemar la casa.

Entre las soluciones más originales -y no me acusen de extravagante, que a fin de cuentas son plagiadas de personas muy principales- se me ocurre bien que les eduque para la ciudadanía en inglés (si pepero de origen valenciano) bien que haga zapateril pedagogía de la crisis (si sociata charnego) por ejemplo en esperanto.
Y si objetan de conciencia, que hagan un trabajo sobre el Curso de Lingüística General de Ferdinand de Saussure y algún servicio social en casa, como bajar a por el pan, fregar el suelo o cambiarle el agua al canario. Pero en castellano, que ya están las sádicas del cole para que se la cambien en catalán.

Lo más cachondo de todo este folletín es que tirios y troyanos, atrapados en las tremebundas redes de esta (melo)dramática ficción, viven persuadidos –obviamente por el lado humano de la noticia- de que la batallita de las lenguas brota directamente de los nacionalismos y no, precisamente, del lado humano de la noticia. Cuánto sentimiento.
Ay.

domingo 14 de septiembre de 2008

Mañana, mañana

Recuerdo ciudades que nunca he visto
exactamente. Con venas de plata Venecia, Leningrado
con sus minaretes de caramelo de café con leche retorcido. París. Pronto
los impresionistas extraerán sol de la sombra.
¡Oh! y como una cobra desenroscándose las callejas de Hyderabad.

Haber amado un horizonte es insularidad;
ciega la visión, limita la experiencia.
El espíritu está dispuesto, pero la mente está sucia.
La carne se consume a sí misma bajo sábanas espolvoreadas de migas,
ensanchando la Weltanschauung con revistas.

Hay un mundo al otro lado de la puerta, pero qué inquietante
permanecer junto al propio equipaje en un escalón frío cuando el alba
tiñe de rosa los ladrillos, y antes de empezar a lamentarlo,
tu taxi llega con un pitido de bocina,
deslizándose hasta la acera como un coche fúnebre -y subes.


* * *


Tomorrow, Tomorrow
Derek Walcott ( Antillas, 1930- )

I remember the cities I have never seen
exactly. Silver-veined Venice, Leningrad
with its toffee-twisted minarets. Paris. Soon
the Impressionists will be making sunshine out of shade.
Oh! and the uncoiling cobra alleys of Hyderabad.

To have loved one horizon is insularity;
it blindfolds vision, it narrows experience.
The spirit is willing, but the mind is dirty.
The flesh wastes itself under crumb-sprinkled linens,
widening the Weltanschauung with magazines.

A world's outside the door, but how upsetting
to stand by your bags on a cold step as dawn
roses the brickwork and before you start regretting,
your taxi's coming with one beep of its horn,
sidling to the curb like a hearse -- so you get in.


(Nota: la versión castellana es mía. Imperfecta, pero ostensiblemente menos ortopédica que la que circula por internet)

sábado 13 de septiembre de 2008

Unas fotos y algo más




Una de las chorradas más en boga tras el dudoso esplendor plastificado de eso tan divertido que se dio en llamar la movida madrileña era que si habías vivido los 80 y te acordabas es que no los habías vivido. Sin embargo, tradicionalmente la memoria ha sido considerada como condición y privilegio de las mentes lúcidas y, en última instancia, del conocimiento del mundo y la sabiduría existencial. Si te olvidas de las cosas es como si no hubieras vivido. Pero ¿Se puede recordar aquello que no se ha vivido? Satie dice que no en sus hilarantes "Memorias de un amnésico", Vila-Matas optó por el sí en sus no menos entretenidos "Recuerdos inventados".

Durante casi toda la historia, la memoria emanaba directamente de la experiencia personal o directamente referida. El desdoble entre la memoria de lo vivido y la memoria de las representaciones empieza con la aparición de éstas.

Dejando de lado todo lo anterior, nos vamos de pronto a un lugar que nos gusta a todos y que además nos hace sentir y parecer muy cultos y leídos: Grecia.
De repente los niños atenienses, tutorizados por centauros y pedagogos, aprenden los poemas homéricos y su memoria se desdobla en dos fuentes: la de su propia experiencia (personal y social) y la de esa representación abstracta de un mundo que no conocieron pero con el que quedaban vinculados a través de la fantasía, de la poesía, término cuyo significado en griego no es tan distinto en la práctica que el que tiene la palabra performance en el inglés actual.
Pero ¿Se puede recordar aquello que no se ha vivido? Claro, incluso puedes creer que formas parte de una comunidad trascendente llamada nación, religión o ideología. Si lo crees con mucho fervor y vives rodeado de psicópatas, incluso puedes matar o morir por ello a la mayor gloria de la historia universal de la infamia.

La historia de esa disociación entre lo vivido (ahora creo que se dice vivenciado) y lo recibido a través de las representaciones se acelera a medida que los instrumentos de representación se sofistican y extienden.
Durante siglos las representaciones escritas quedaron reservadas a las castas que dominaban la ardua tecnología de lo escrito. Mientras, las imágenes -según sentencia de Gregorio Magno, que no recuerdo si llegó a santo- eran al iletrado lo que las palabras al individuo culto.
El interés por controlar y dirigir estas representaciones es así comprensible y antiguo. Una misma lógica de dominación atraviesa el odio de Platón por los poetas, la construcción de las catedrales medievales, la fascinación por el cine de los totalitarismos modernos, los murales revolucionarios de Diego Ribera en México o la actual connivencia entre empresas de comunicación y empresas políticas que se reparten el poder y la influencia por ejemplo en este monopartidismo con dos colorines y varios trajes regionales en el que vivimos actualmente los hijos de las ínclitas razas ubérrimas de Iberia una o varias, Iberia grande o mediana, Iberia liberal o liberal.


Nuestra época está marcada por la ubicuidad de las representaciones, especialmente a través de los medios de comunicación de masas, que hoy en día cumplen de un modo más inevitable que democrático el papel que La Odisea y La Iliada cumplieron entre la chavalería de la aristocracia ateniense: no sólo ofrecen las ficciones de la fantasía sino que también expanden las ficciones de la publicidad y las ficciones de ese otro metagénero literario del periodismo que aún hoy, y contra toda evidencia pragmática, se sigue llamando información. Es decir, vehiculan las virtualidades del discurso social creando algo así como un imaginario colectivo. Por eso se habla con obsesiva redundancia de visibilidad despreciando el viejo apego por la intimidad y haciendo de la exhibición de ésta una causa social.

De resultas, una buena parte de nuestra memoria está segregada de la experiencia vital y constituida directamente por imágenes virtuales, acústicas, visuales o multicanal (me niego a condescender a ese idiotismo léxico consensuado de llamar multimedia a un medio por el hecho de dirigirse a múltiples canales perceptivos).

Pero ¿Se puede recordar aquello que no se ha vivido?
Esta proliferación de imágenes produce algunas paradojas perceptivas y mnemónicas significativas porque llegan a afectar a la conducta.

Una de las más tontas que recuerdo sucedió en una cafetería. Al sonar por los altavoces "San Francisco", el viejo himno hippioso que Scott Mckenzie declamaba en la década de los '60, una joven -por lo demás bastante pija y modosita- exclamó: -!Qué recuerdos!, a lo que alguien le preguntó si aquella murga naïf tenía para ella algún significado personal. Ella le contestó que no, que qué recuerdos los años sesenta. Paradójico teniendo en cuenta que ella había nacido en los setenta. ¿Se puede recordar aquello que no se ha vivido? Como los pimientos de Padrón , unos non. Pero otros parece que sí. En depende de lo sugestionable que uno fuere o se hallare cuando la fantasía ataca por el altavoz o la pantalla.

Un caso más grave de semejantes distorsiones cognitivas es el de buena parte de los alegres imberbes que el ejército de los EE.UU. de América envió como soldados a masacrar y ser masacrados durante la invasión de Irak y la campaña de Afganistán. Los chavales eran persuadidos de dirigirse confiados a tan glorioso trance mediante el empleo de simuladores y videojuegos, es decir, de representaciones lo suficientemente potentes como para hacerlos creer que esa lúdica representación remedaba la experiencia real y efectiva de un día en la guerra. Un superviviente del derribo de un helicóptero en Afganistán declaraba que a ver, que no es que no supieran que iban a enfrentarse con personas, con hombres de verdad, pero creían que los afganos no eran tan listos e imprevisibles.
Pero ¿Se puede recordar aquello que no se ha vivido? Si vuelves del viaje en una caja de madera, más bien no.

Otro tanto puede decirse de los recientes escarceos bélicos de Georgia: los gobernantes obviamente estúpidos y corruptos de la propia Georgia y la Rusia postsoviética organizaron todo ese tinglado veraniego para ser servido en los telediarios a modo de gran relato épico entreverado con las glorias deportivas del Pekín olímpico.
La postmodernidad se niega a creer en esa rancia épica de frontera trazada sobre la alfombra roja de una realidad sangrienta. ¿O no? Bueno, cuando hay un interés económico o geoestratégico manifiesto, siempre se puede volver al irracionalismo premoderno y creer lo que te da la gana negando cualquier evidencia adversa a esa fe tan ciega como asesina. Como en este caso había más interés por los esteroides del nuevo dream team, aquéllos miles de muertos no les sirvieron para nada a esa jauría de salón en que puede convertirse cualquier élite político-militar. Hay que ser gilipollas para montar a estas alturas una guerra en verano y en medio de unas olimpiadas y creer que el mundo va a hacerte algún caso.

Y voy acabando. Esbozada la suma importancia que tiene para nosotros el estudio de las representaciones y la consciencia permanente de la distinción entre la visión de éstas y la experiencia vital, me gustaría que miraras de nuevo las fotos de arriba.

¿En qué momento histórico las ubicarías?

La primera no atestigua ninguna guerra reciente, sino la I Guerra Mundial, aquella masacre en que unos cuantos tipejos perversamente autoritarios y obstinadamente estúpidos y vanidosos enviaron a la muerte a millones de chavales para contento de neomaltusianos, spencerianos y darwinistas sociales en general.
Forma parte del único corpus fotográfico en color de aquellos años.

La segunda no es una portada de un disco de rockabilly sino una estampa de la vida cotidiana en la norteamérica de los años inmediatamente posteriores a la gran depresión americana, y es también hasta ahora el único corpus documental en color de aquella crisis económica y social, otra de esas crisis con las que el capitalismo obsequia de vez en cuando a estos ciudadanos libres que somos sus súbditos en las democracias liberales y a esos súbditos que son los cuidadanos libres de los países totalitarios que aún practican el anticuado y casposo capitalismo de estado.

Pero ¿Se puede recordar aquéllo que no se ha vivido?

jueves 11 de septiembre de 2008

Volver a casa

Este otoño hace 20 años que encontré "El mito de Sísifo". Un texto iluminado-r.

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: es el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es contestar a la cuestión fundamental de la filosofía.

Si yo me pregunto por qué cosa juzgaré que tal cuestión es más urgente que tal otra, contesto que es por las acciones que arrastra. Jamás he visto a nadie morir por el argumento ontológico. Galileo, que tenía una verdad científica de importancia, la abjuró de la forma más fácil del mundo desde el momento en que ella puso su vida en peligro. En cierto sentido hizo bien. Esta verdad no valía la hoguera. (...) En cambio, yo veo que muchas gentes mueren porque estiman que la vida no vale la pena de ser vivida. Veo a otras que se hacen matar paradójicamente por las ideas o las ilusiones que les dan una razón de vivir (lo que se llama una razón de vivir es al mismo tiempo una excelente razón de morir). Juzgo, pues, que el sentido de la vida es la cuestión más urgente. ¿Como responder a ella?"

lunes 1 de septiembre de 2008

Recordando a Motherwell en este principio de curso



DON DE LA EBRIEDAD
Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.