Leo en el periódico una noticia sobre el último acto del teatro político-económico norteamericano de la crisis.
El muy republicano Secretario del Tesoro de EE.UU. se arrodilla ante la Presidente del grupo Demócrata del Congreso implorando su apoyo al plan de socialización de las pérdidas del gran capital. Para los amantes del drama decimonónico el gesto en sí puede ser muy significativo. Alegóricamente, la encarnación del liberalismo totalitario (cualquier creencia puede serlo) practica públicamente una litúrgica genuflexión ante los demócratas, esa gente que defiende los derechos civiles y no hace de la economía el alfa y omega de su teología pulsional del discurso social. Sin embargo el gesto es vacío y doblemente ridículo, porque quienes se han desmarcado de la medida no son los demócratas, sino el lado ultra del liberalismo ultra del partido republicano. Los iluminados del dogma de la deidad Mercado. ¿Acaso le imploraba que fuese ella quien tratara de convencer al lado más totalitario del republicanismo gringo de la necesidad de la intervención? Si no, entonces es que de verdad no tiene ningún sentido.
Como penúltimo acto del fin de la desastrosa era Bush, esa conversión de la alta política en rancia opereta tiene un aire mucho más cabaretero que las a menudo oxidadas moralinas de Brecht/Weill.
Predicaron durante décadas la inalterabilidad del dogma, la supremacía incontestable del sector especulativo de la economía y la infalibilidad de sus gurús. Tras la crisis de las hipotecas basura, el balance del despropósito aparece claro: los únicos que se han enriquecido durante esos años han sido precisamente los causantes del desastre.
Esto no es nuevo, suele ocurrir en cualquier dictadura, sea política, económica o de otra índole. A cambio, han arruinado a buena parte de los pequeños inversores que confiaron en sus manejos y han provocado el consiguiente efecto dominó. Su brazo político ha caído de repente en la cuenta de que, coyunturalmente, es mejor de pedir que de robar, es decir, primero es mejor de robar y cuando ya no puedes hacerlo, pues entonces de pedir.
Como aquellos yonkys marchitos de final de los 80 que cuando ya no tenían vigor para sirlar a chavalines y encañonar farmaceúticos imploraban su vasito de metadona en la narcosala, ahora los promotores políticos de ese modelo económico suplican que los contribuyentes les paguen las trampas. Joder, es por el bien público, no van a poner ellos ni siquiera un dólar de todos los millones que han amasado en cobro por arruinar a sus clientes. Primero había que reducir el estado a su mínima expresión y después era la única tabla a la que agarrarse. Qué bajón. Primero te digo que no puedes intervenir y al final te llamo a ver si te ocurre algo, mayormente seguir sirlando en mi nombre. Primero acaparamos todo el poder efectivo sin dejar resquicio a la duda y al final nuestro planteamiento pulsional sale a la superficie.
Vamos a comparar mitologías, como decía el poeta. De vuelta a Max Weber y su análisis del calvinismo como sustrato ideológico del capitalismo norteamericano. El calvinismo es un cristianismo a medida para seres superiores. Como su doctrina práctica es en esencia veterotestementaria (todo por chisascráist pero sin chisascráist), se lleva mejor con el judaísmo que con el catolicismo romano, por ejemplo, o con el Islam, que al parecer prohibe la usura. Del budismo le mola que no da muchos problemas y es pintoresco. Uno de sus rasgos más definitorios es su inalterable querencia por la pena de muerte, que muestra su apego por el viejo mecanismo de desahogo tribal del chivo expiatorio. Véase el ya clásico asunto de los juicios de Salemy compárese por ejemplo con ese oxímoron estupido de la guerra contra el terrorismo. Ante una situación imposible de aceptar y muy difícil de entender, nos abandonamos al instinto y ya de paso nos cargamos todo el derecho internacional (esa cosa que iniciaron los españoles en los tiempos de las colonias americanas) y montamos cárceles ilegales mientras abducimos a jóvenes analfabetos para que mueran invadiendo países previamente demonizados. Por ejemplo). No solucionamos nada, perdemos cualquier principio, incluso dejamos peor las cosas, pero nos relaja mucho pensar que lo hacemos por la patria, la gloria u otro principio narrativo-metafísico. Y si no estás a nuestro favor o no te crees el cuento, también eres el enemigo.
Obviamente, si quien hace esto lo hace por otros motivos o a pequeña escala, toda nuestra ira caerá sobre él y será justamente eliminado. Pero si lo hacemos nosotros no cuenta porque nosotros no somos relativistas morales y ellos sí.
(Es el mismo mecanismo pulsional que mueve a ETA y que sostuvo el franquismo, a fin de cuentas. Como soy moralmente superior, puedo matar a un madero de vacaciones o a un descarriado cualquiera. No me estoy cargando a un trabajador asalariado que pasaba por allí cuando yo necesitaba emociones fuertes y un poco de sadismo para calmar mis nervios, no, eso es lo que hacen ellos en el nombre del mal, yo estoy acribillando una alegoría, y eso es, obviamente, síntoma de un intelecto y una moralidad superiores. Sionistas, abertxulos, wasps ensoberbecidos, ensoberbecidos masterizados de imitación que babeamos ante los wasps de verdad, ...todos los seres superiores semos asín. Lo que pasa es que, en tu calidad de ser inferior, no nos entiendes.)
La moto que vende desde hace siglos esta gente calvinista predica entre otras cosas que sus planteamientos de los procesos económicos son estrictamente racionales y muy sofisticados: por eso nosotros, mortales, no podemos entenderlos. Pero en cuanto rascas debajo de sus gestos, aparece su descarada irracionalidad mesiánica y la desnuda voluntad de poder.
Como el sistema de creencias (no confundir ideas con creencias, como observó Hume) es sagrado y queda fuera de toda discusión, el último recurso no es por ejemplo un ejercicio de racionalismo crítico popperiano, sino la caridad. No podemos reconocer que nos hemos equivocado, que como el planteamiento era radicalmente equivocado no nos han salido las cuentas. Que os hemos estafado aprovechando todo el poder que nos habéis dado. Nos hemos identificado tanto con nuestros procedimientos que ni nos acordamos de los principios -si los hubo- ni nos importan ya los objetivos, obviamente inalcanzables. Pero ya no podemos volver atrás ni seguir hacia adelante.
Apaleamos mendigos, electrocutamos negratas y delincuentes de poca monta, responsabilizamos a los millones de excluídos de su situación aunque nuestras propias encuestas afirmen que la tasa de marginación -que nunca baja oficialmente del 7%- es una característica inherente al sistema económico que inflamos irresponsablemente.
Y cuando todo se va por el sumidero, recurrimos a la caridad. Harry el sucio a veces también pide perdón. Con lo razonables que éramos, resulta que ni pensamos antes ni estamos dispuestos a hacerlo ahora. Todo toma un aire irrespirablemente delirante.
Antes de que el catolicismo oficial lo redujera a mero ejercicio limosnero, caridad (charitas) era la palabra romana para designar el cuidado responsable de los que estaban cerca. El calvinismo no sabe nada de esto. Obviamente, en el aire de Wall Street flota un deseo bastante hostil. Un entrevistado dice que muchos dicen que habría que matarlos públicamente debajo del cardiograma de sus dineros, que antes fueron los de sus clientes y el símbolo de sus esperanzas arruinadas. No lo hacen con todos los demás? Menos mal que éstos no sirven para chivos expiatorios: son la flor y nata de la sociedad. Son la encarnación del intocable icono del capitalismo americano. Menos mal, si hubieran sodo las brujas de Salem, los antipatriotas del macarthismo o unos pobres desgraciados, ya habrían tenido lo suyo.
Otra cosa está clara: han fallado ellos, no lo que mecánicamente representan en su escenario de poder ni el sistema de creencias que les ha permitido practicar corralitos, invadir países, anunciar el fin de la historia, proclamar la muerte de las ideologías y, en definitiva, ostentar un poder irrestricto para someter a todas nuestras sociedades a sus dictados. No hay crisis del capitalismo especulativo transnacional. No hay crisis del modelo que impide a los poderes no estrictamente económicos intervenir (bueno, ahora ya parece que pueden hacerlo, pero sólo en caso de crack y por caridad hacia los que más acumulan, no a la manera europea sino a la del Ejército de Salvación). No hay que replantearse los límites del poder económico como en la segunda postguerra mundial se replantearon los del poder político. Por lo demás, el desarrollo sostenible y todo eso son chorradas de utopistas indocumentados. Y además el cambio climático no está pasando.
Nos quedamos mucho más tranquilos.
Mccain y la vicepresidenciable no tanto. O sí, quien sabe, lo importante no es quién la encarne, sino que nadie cuestione la red simbólica de la alegoría.