El espigador
Bajo al bar de la esquina a regañadientes, con rencor hacia mí mismo, a comprar otra caja de tabaco, otro dolor de cabeza, otro ataque de tos, otra taquicardia, otro paquete de tabaco. Afortunadamente tengo un mundo interior muy rico pero que muy rico y mi cabeza está en otra cosa. Está en Kundera, en unos apuntes sobre el exilio que he leído en un periódico. Mientras fumo recostado en la pared pienso en la novela como representación de la experiencia, en la naturalidad y la precisión del estilo... cuando se me acerca un tipo que arrastra una bolsa de viaje con ruedas. No sin pudor me pide un cigarrillo. En el metro se ha dado cuenta de que se lo ha dejado en casa. Se acerca. Viste a la moda. Juraría que es magrebí por su rostro y su pornunciación. Le doy el cigarro. Se aleja otra vez. Abre un contenedor de basura, mira dentro y lo cierra. Se acerca otra vez. Me cuenta que busca cosas en la basura y luego las vende. A veces encuentra una tele, otras una muñeca, otras zapatos... así gana algo de dinero. Respondo moviendo la cabeza, algún monosílabo. Sí. Sí. Recuerdo "los espigadores y la espigadora", el documental de A. Varda sobre eso, sobre los que van recogiendo lo que otros desechan. Debería hablarle de ello, pero no lo hago. Debería preguntarle si habla francés. Debería invitarle a tomar algo en el bar de la esquina y escuchar sus peripecias, sus novelerías, sus expectativas. No lo hago. Senciallamente ahora no sé hacerlo. Falta la sencillez y la naturalidad del estilo, la experiencia de la fraternidad que anida en las conversaciones con desconocidos.
- "Eso hago" - me dice - "Algo hay que hacer ¿No?" - sonríe y se va. A lo lejos abre un contenedor amarillo, lo escruta, lo cierra con vigor. Sique su camino.






























